Llueve.
Y no me importa.
No me importa que mi ropa se empape. No me importa calarme hasta los huesos. No me importa el frío que azota sin piedad mi cuerpo.
Tristeza. Creo que se llama así lo que siento ahora mismo; y la verdad, no me gusta nada. Duele.
Es más, no me importaría romper ahora mismo esa promesa que me hice hace tantos años. Ahora mismo, no me importaría romper a llorar.
Llorar.
Llorar y llorar. Descargar todo eso que oprime mi corazón, que estrangula mi ser, que hace que me ahogue en la oscuridad de mi alma.
Sí, realmente me gustaría. Y total, con todo este agua corriéndome entre los cabellos bajando por mi rostro nadie me vería. Ni siquiera yo me vería; podría engañar al mundo. Podría hacer trampas, por esta vez no contaría.
Sí, sería algo bonito.
Pero de todas formas todo esto no sirve si las lágrimas no llaman a las puertas de mis ojos. Aunque, quien sabe, quizás ya esté llorando, aunque no se vea.
Quizás lo que esté llorando sea mi corazón.
jueves, 19 de enero de 2012
domingo, 1 de enero de 2012
× Humo gris.
Tan ensimismado estoy hipnotizado por la chisporroteante llama del lacado mechero que hasta se me ha olvidado para que lo he sacado realmente.
Con el cigarrillo aun en los labios sin prender, apago el pequeño fuego, para segundos después volver a encenderlo. Me siento algo estúpido por tener que seguir fumando.
Pero oye, que se le va a hacer, parece ser que sufro cierta adicción a la nicotina. Pese a que fume con gusto, porque todo hay que decirlo, es uno de esos pequeños placeres que me doy la oportunidad de disfrutar; la idea de que mi cuerpo necesite de esa toxina de forma casi enfermiza me frustra. Nunca me ha gustado eso de caer bajo el peso de mis instintos.
Doy la primera calada, lenta, dejando que el ascua que corona la punta del cigarrillo ascienda lentamente por este.
La verdad, lo reconozco: me relaja. Y si me relaja, me pongo a pensar. Ah, digámoslo todo: eso no suele ser bueno.
Otra calada, el humo inunda mis pulmones.
Apoyado como estoy en la fría pared, echo la cabeza hacia atrás, como puedo. E, irremediablemente las ideas comienzan a acumularse en mi cabeza. Y de pronto, todo se vuelve un cúmulo negro y confuso.
En momentos así me gustaría ser, no sé, algo así como un animal. Tener una mente irracional. Justo entonces pasa por delante de mí un pequeño gato negro. Me lo quedo mirando, casi con recelo. No sabes como te envidio.
Y otra calada más, echo el aliento hacia arriba, creando una pequeña nueve sobre mi rostro.
Escojo una pieza al azar de las que forman ese intrincado puzle que construye mi mente. Vaya, me he dado cuenta de que hace mucho que no sonrío. Al menos de forma sincera. Intento hacerlo, pero no me sale, no tengo ganas. Y acto seguido una risa nerviosa y triste se escapa entre mis dientes. ¿Habré olvidado cómo ser feliz?
Aspiro de nuevo, apenas queda ya cigarrillo sin consumir; se ha quemado y apenas he disfrutado de él, pero no me importa. Echo el humo, esta vez casi suspirando.
Realmente, ¿alguna vez había sido feliz? Lleno me he sentido, reconfortado también. Pero, ¿feliz? Me encojo de hombros. Qué más da.
Separo el tabaco de mis labios, ya ha llegado al filtro. Y con desgana y casi desidia lo tiro al suelo, sin contemplaciones. Me quedo mirando como la pequeña chispa de vida se va apagando, hasta extinguirse por completo, y por un momento me siento identificado. Sacudo la cabeza, quitándome esa idea de en mente.
Por hoy basta de pensar.
Con el cigarrillo aun en los labios sin prender, apago el pequeño fuego, para segundos después volver a encenderlo. Me siento algo estúpido por tener que seguir fumando.
Pero oye, que se le va a hacer, parece ser que sufro cierta adicción a la nicotina. Pese a que fume con gusto, porque todo hay que decirlo, es uno de esos pequeños placeres que me doy la oportunidad de disfrutar; la idea de que mi cuerpo necesite de esa toxina de forma casi enfermiza me frustra. Nunca me ha gustado eso de caer bajo el peso de mis instintos.
Doy la primera calada, lenta, dejando que el ascua que corona la punta del cigarrillo ascienda lentamente por este.
La verdad, lo reconozco: me relaja. Y si me relaja, me pongo a pensar. Ah, digámoslo todo: eso no suele ser bueno.
Otra calada, el humo inunda mis pulmones.
Apoyado como estoy en la fría pared, echo la cabeza hacia atrás, como puedo. E, irremediablemente las ideas comienzan a acumularse en mi cabeza. Y de pronto, todo se vuelve un cúmulo negro y confuso.
En momentos así me gustaría ser, no sé, algo así como un animal. Tener una mente irracional. Justo entonces pasa por delante de mí un pequeño gato negro. Me lo quedo mirando, casi con recelo. No sabes como te envidio.
Y otra calada más, echo el aliento hacia arriba, creando una pequeña nueve sobre mi rostro.
Escojo una pieza al azar de las que forman ese intrincado puzle que construye mi mente. Vaya, me he dado cuenta de que hace mucho que no sonrío. Al menos de forma sincera. Intento hacerlo, pero no me sale, no tengo ganas. Y acto seguido una risa nerviosa y triste se escapa entre mis dientes. ¿Habré olvidado cómo ser feliz?
Aspiro de nuevo, apenas queda ya cigarrillo sin consumir; se ha quemado y apenas he disfrutado de él, pero no me importa. Echo el humo, esta vez casi suspirando.
Realmente, ¿alguna vez había sido feliz? Lleno me he sentido, reconfortado también. Pero, ¿feliz? Me encojo de hombros. Qué más da.
Separo el tabaco de mis labios, ya ha llegado al filtro. Y con desgana y casi desidia lo tiro al suelo, sin contemplaciones. Me quedo mirando como la pequeña chispa de vida se va apagando, hasta extinguirse por completo, y por un momento me siento identificado. Sacudo la cabeza, quitándome esa idea de en mente.
Por hoy basta de pensar.
× Irracionalidad.
Cada día que pasa mi realidad vale menos. Es inmensa y sin orden, es imprevisible y ardua.
¿Qué puede hacer la realidad? Te da hambre, sed, insatisfacción. Causa dolor, transmite enfermedades, obedece leyes ridículas. Pero, ante todo, es finita. Siempre conduce a la muerte.
Lo que cuenta y da fuerza son otras cosas: las ideas, las pasiones, e, incluso, la locura. Todo lo que se eleva por encima de la razón.
Le retiro mi aprobación a la realidad. Me niego a colaborar con ella. Me entrego a las tentaciones de los que aspiran a algo que esté más allá de este mundo y me lanzo con todo mi corazón a la infinitud de lo irreal.
¿Qué puede hacer la realidad? Te da hambre, sed, insatisfacción. Causa dolor, transmite enfermedades, obedece leyes ridículas. Pero, ante todo, es finita. Siempre conduce a la muerte.
Lo que cuenta y da fuerza son otras cosas: las ideas, las pasiones, e, incluso, la locura. Todo lo que se eleva por encima de la razón.
Le retiro mi aprobación a la realidad. Me niego a colaborar con ella. Me entrego a las tentaciones de los que aspiran a algo que esté más allá de este mundo y me lanzo con todo mi corazón a la infinitud de lo irreal.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)