Tan ensimismado estoy hipnotizado por la chisporroteante llama del lacado mechero que hasta se me ha olvidado para que lo he sacado realmente.
Con el cigarrillo aun en los labios sin prender, apago el pequeño fuego, para segundos después volver a encenderlo. Me siento algo estúpido por tener que seguir fumando.
Pero oye, que se le va a hacer, parece ser que sufro cierta adicción a la nicotina. Pese a que fume con gusto, porque todo hay que decirlo, es uno de esos pequeños placeres que me doy la oportunidad de disfrutar; la idea de que mi cuerpo necesite de esa toxina de forma casi enfermiza me frustra. Nunca me ha gustado eso de caer bajo el peso de mis instintos.
Doy la primera calada, lenta, dejando que el ascua que corona la punta del cigarrillo ascienda lentamente por este.
La verdad, lo reconozco: me relaja. Y si me relaja, me pongo a pensar. Ah, digámoslo todo: eso no suele ser bueno.
Otra calada, el humo inunda mis pulmones.
Apoyado como estoy en la fría pared, echo la cabeza hacia atrás, como puedo. E, irremediablemente las ideas comienzan a acumularse en mi cabeza. Y de pronto, todo se vuelve un cúmulo negro y confuso.
En momentos así me gustaría ser, no sé, algo así como un animal. Tener una mente irracional. Justo entonces pasa por delante de mí un pequeño gato negro. Me lo quedo mirando, casi con recelo. No sabes como te envidio.
Y otra calada más, echo el aliento hacia arriba, creando una pequeña nueve sobre mi rostro.
Escojo una pieza al azar de las que forman ese intrincado puzle que construye mi mente. Vaya, me he dado cuenta de que hace mucho que no sonrío. Al menos de forma sincera. Intento hacerlo, pero no me sale, no tengo ganas. Y acto seguido una risa nerviosa y triste se escapa entre mis dientes. ¿Habré olvidado cómo ser feliz?
Aspiro de nuevo, apenas queda ya cigarrillo sin consumir; se ha quemado y apenas he disfrutado de él, pero no me importa. Echo el humo, esta vez casi suspirando.
Realmente, ¿alguna vez había sido feliz? Lleno me he sentido, reconfortado también. Pero, ¿feliz? Me encojo de hombros. Qué más da.
Separo el tabaco de mis labios, ya ha llegado al filtro. Y con desgana y casi desidia lo tiro al suelo, sin contemplaciones. Me quedo mirando como la pequeña chispa de vida se va apagando, hasta extinguirse por completo, y por un momento me siento identificado. Sacudo la cabeza, quitándome esa idea de en mente.
Por hoy basta de pensar.
¿Tengo que repetir que te amo y amo como escribes?
ResponderEliminarYa está la muchacha exagerando. xD
ResponderEliminar